EL MUNDO 10 de abril de 2008


No serà tan fàcil

La Busca edicions, 2.008

 

Los caminos de la escritura

MIQUEL DE PALOL


Comenzar por la poesía para acabar en la novela es una opción, pero no la más fácil. Quién defiende que éste es el camino, apunta también que hay un paso intermedio, el del cuento. De cuentos es el libro que acaba de publicar Josep Antón Soldevila, 'mirlo blanco' de nuestra literatura aunque también es poeta
 

Los lector adictos no paran de inventar metáforas para resolver las cuestiones internas del gremio que en rigor requieren explicaciones más técnicas y complejas y, por ello, menos asequibles a los profanos, a pesar de que también, y eso ya no se reconoce tan fácilmente, a la propia disponibilidad de tiempo y esfuerzo intelectual. ¿Qué lleva a una mayoría sustancial de ciudadanos metidos en la creación literaria a iniciarse en la poesía, a evolucionar hacia los cuentos y en culminar en la novela?
Una primera y tal vez atolondrada consideración haría pensar en una escalada de complejidad y de medida física del objeto literario, pero ya se ve que no es así. Nada más engañoso que la pretendida facilidad de la poesía, género sutil y enrevesado por excelencia, excepto que no se practique, como hacen la mayoría de los adolescentes, como una estereotipada expansión sentimental. Pero incluso más allá de eso que no deja de ser un tópico, el cultivo de la poesía es propio de los momentos de la vida en que la personalidad está en las fases más acentuadas de evolución y expansión, y que cuando el individuo se siente más formado, la confianza, el interés para explorar más allá de él mismo le llevan a la invención de personajes, y el terreno natural de éstos es la narrativa de ficción.
Cada escritor es un mundo, y a no todos los que hacen la evolución mencionada se les puede aplicar la fatal deriva, como dice una buena amiga del ramo de las letras, de comenzar haciendo poesía, no conseguirlo  y pasar al cuento, no conseguirlo y acabar, resignados, haciendo novelas. No es el caso de Josep Antón Soldevila, que ya es en sí mismo un mirlo blanco de la escena literaria catalana. Poeta notable hasta ahora -y sin perjuicio de que continúe el camino del verso-, acaba de publicar un libro de cuentos titulado No será tan fácil. Los paradigmas anteriores no sirven aquí, excepto que no auguremos a Soldevila una vida literaria más que centenaria -y ni así, porque de novelas ya ha escrito-, pero a pesar de eso, tampoco le son ajenas las circunstancias de su trabajo y de su vida, que en sí mismas no son de interés para quienes se enfrenten a su obra.
Los cuentos de No será tan fácil tienen una característica común, que es una virtud esencial de la expresión artística en cualquiera de sus manifestaciones: son tremendamente atractivos de leer, interesantes en toda la extensión de la palabra. Es el espíritu narrativo en estado puro, el de aquellas historias, como dice el tópico, que las comienzas y no las puedes dejar, y eso se puede decir de bien pocas literaturas que se hacen hoy, y menos entre nosotros. Ciertamente, habrá guardianes de la ortodoxia que  podrán encontrar una excesiva simplicidad de recursos, a veces incluso una cierta inocencia narrativa, pero viendo el resultado, es preciso concluir no tan solo que eso va en favor del resultado, sino que forma parte de las plenamente conscientes intenciones de Soldevila.
Los siete cuentos del conjunto son variados en cuanto a tonos y contenidos, pero tienen en común la naturaleza de la tensión narrativa, la conducción del discurso y la presentación del desenlace, donde lo que cuenta no es tanto la sorpresa -ya no hay lectores inocentes a estas alturas- sino la manera de llegar.
Se podrían destacar cada uno de los siete cuentos, de uno a uno, porque no  hay ninguno de sobrero ni que se pueda decir que está por debajo los otros, pero el espacio obliga a descartar. De comentario ineludible me parecen los impagables diálogos cortesanos del cuento que da nombre al libro, donde la gentileza de los personajes, normal y natural hasta el estereotipo, alerta deliciosamente del desastre latente; la tensión trepidante del segundo cuento, Tres minutos, una pequeña obra maestra de intriga y acción; y los excursos filosóficos, que no hacen tropezar nunca la historia, de Descubrimiento -una incursión en la literatura de tradición utópica- e Incasit, donde de nuevo el elemento utópico incide ahora de forma aguda en la creencia en la reencarnación.

Pero es a Un hombre de Paz donde se encuentra la declaración de principios y la alerta de la sutileza sustancial de Soldevila. El protagonista es un paranoico que agrede los agentes de la autoridad exasperado por la falta de formas, por la mala educación. Detenido, declara: «( ) me di cuenta de que todas las normas sociales que me habían inculcado eran falsas.»
Las normas sociales pueden ser erróneas, absurdas, contraproducentes o malintencionadas, pero decir que todas son falsas implica la consideración de otras que son verdaderas, ocultas por la ineptitud o la perversidad del príncipe. Soldevila marca la corrupción del platonismo: no habiendo una ley auténtica como forma de cambio social, el único verdadero delincuente es el Estado.