El quieto lamento del piano bar.
La luz amarillenta sobre el empedrado
húmedo
surgiendo de los ojos cansados de una puerta
mal cerrada.
Todo es difícil y pesa ahora
como una hora muerta alrededor
de un circo,
cuando duermen los acróbatas,
los payasos se visten de paisano
y domadores silentes alimentan
a las bestias.
Bestias que nunca creyeron en cadenas
ni en tesoros ocultos
en el bosque espeso de la sonrisa.
Bestias que tal vez son
como ahora nosotros,
cuando pensamos en el peso y la medida
de nuestra vida en otras vidas
y llegamos a conclusiones tristes
y nuestra mirada se iguala a la suya
y se hace lejana
porque tal vez, como ellos,
añoramos los tambores de África.

 

 

 

Con una pluma
que ya no se fabrica,
escribo en un papel
que ya no se hace,
sentimientos
que ya no se llevan
a personas
que ya no están.

 

 

 

He escrito la carta a los reyes.
Les pido
un juego,
una duda,
un misterio,
un indicio.
Una bolsa llena de justicia
poética;
no humana, ¡cósmica!.
La fotografía de un copo
de eternidad.
Un paquete de cartas
de amor no nacido.
Una cuerda para estibar
el fardo de sombras
y una caja de recuerdos
no vividos,
para así completar
mi colección.

 

 

 

Lo que no ha tenido principio
no puede morir.
Pero algo es lo que hoy
entierro
tras el mármol.
Y la vela que enciendo
sin duda recuerda a alguien.

Tal vez un tiempo entrevisto en la niebla
me ha errado como a viejos navegantes,
que dieron en llamar “Tierra del Fuego”
al más frío, inhóspito y distante
de los territorios.
Así también a mi me han confundido
las hogueras de tu espíritu
que no eran señales para mi,
sino para otros dioses que me ignoran.

 

 

 

 

Yo, que he sido un árbol,
seré un aliento.

Viento entre las hojas
de otras ramas.

 

 

 

 

El Libro de los Adioses

 

FRAGMENTOS